miércoles, 4 de enero de 2017

CIENTO VEINTIOCHO DÍAS ANTES

—Tú eres listo como él —aseguró—. Sin embargo, más callado. Y más guapo, pero haz de cuenta que no he dicho nada porque quiero a mi novio.
—¿Sí?, tú tampoco estás mal —le respondí abrumado por su cumplido—, pero haz de cuenta que no dije nada porque quiero a mi novia. ¡Ah, espera! Por cierto, no tengo novia.
—¿Sí?, no te apures, Gordo —me confortó entre risas—. Si hay algo que puedo conseguirte es una novia. Hagamos un trato: tú averiguas qué es el laberinto y cómo salir de él y yo te consigo [una novia.]
—Es un trato —nos dimos la mano.
Más tarde, caminé hacia el círculo de dormitorios junto a Alaska. Las cigarras cantaban su canción de una nota, al igual que lo habían hecho en casa, en Florida. Ella se volvió hacia mí a medida que avanzábamos en la oscuridad y dijo:
—Cuando caminas de noche, ¿alguna vez te ha pasado que te da miedo y, aun cuando es tonto y vergonzoso, te quieres echar a correr hasta tu casa?
Parecía demasiado secreto y personal admitir eso frente a una persona casi extraña, pero le contesté:
—Sí, sin duda. Durante un momento guardó silencio. Luego me agarró la mano, susurró «corre, corre, corre, corre» y emprendió la huida, jalándome detrás.
- JG

0 comentarios:

Publicar un comentario